
Una casona de 1920 convertida en hotel pequeño: muros índigo, luz de mañana y café que llega sin pedirlo.
Ver habitacionesNo queríamos un hotel grande. Queríamos una casa donde el viajero deshaga la maleta despacio, duerma bien y se vaya planeando volver.
Sábanas de lino, agua filtrada y ninguna tele a la vista (hay una, escondida).
Ventanales sobre la higuera del patio. La mañana huele a azahar.
Terraza privada frente a la alberca de velas. Los atardeceres son obligatorios.
Reserva directo con nosotros: mejor tarifa, salida flexible y un trago de bienvenida.
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